Capítulo 3: Parte 3




Por un lado estaba frustrada por aquellas sensaciones ya que nunca un chico me había hecho sentirme así; nerviosa. Y por otro lado tenía la ilógica necesidad de querer tocarlo. "Es absurdo" Repetí una vez más en mi cabeza en un intento de controlarme y cerré mis manos en puños. Tratando de deshacer el hormigueo que había aparecido en mis palmas.

Así que decidí apartar la vista de sus ojos, que eran demasiado hipnotizantes. Pues los había observado lo suficiente para llegar a la conclusión que atrapaban una pequeña sabana tropical. Llenos de una variedad de verdes, vivos y luminosos. "Sí son verdes, increíbles y bonitos. ¡Ahora deja de mirarlos boba! O la rubia loca de fuera os descubrirá por el rastro de babas que estás dejando" Gritó mi conciencia regañándome por mi actitud de colegiada, e hice caso a su consejo. Sin embargo, al bajar la mirada me topé con los botones del principio de su camiseta. Que ahora estaban desabrochados. Insinuando el principio de los músculos que yo ya había visto que tenía. Sentía el rubor subirme hasta las orejas y mis piernas convertirse en gelatina. "Esto también deber ser alguna clase de tortura..."  Volví a pensar en mi fuero interno.

Entonces, el contacto de su mano en la mía fue como un choque de electricidad que me sacó abruptamente de mis pensamientos.- Emily- Murmuró mi nombre sonriendo. Se acercó todavía más a mí, nuestros labios estaban casi rozándose. Tan solo a unos milímetros de distancia. Di un paso atrás apresuradamente al sentir lo que estaba a punto de pasar. Pero entonces, al retroceder, mis dos pies no coordinaron bien el movimiento y terminé tropezando. Las puertas del armario se abrieron por mi peso, pero antes de llegar al suelo sus manos me cogieron. Me ayudó a incorporarme y miré a mi alrededor temiendo haber sido descubierta.- Ya se han ido, es lo que trataba de decirte.- Aclaró sonriéndome de nuevo con aquellos dientes blancos.

***
Fue un alivio para mí que Sonia diera por finalizada la fiesta media hora antes de lo previsto. De este modo, cuando todos empezaron a irse, David se ofreció a dejarnos en casa a mi tía y a mí.

Cuando llegué a mi habitación con el pijama y desmaquillada, lista para irme a dormir, caí en la tentación de mirar hacia la ventana de mi vecino. Corrí las nuevas persianas blancas y le vi tumbado en la cama con unos pantalones de pijama. Pero no estaba dormido. Se había recostado sobre unos almohadones para leer cómodamente el libro que tenía entre sus manos. Me levanté y entre mis cosas rebusqué algo para escribir. Luego cogí una hoja y puse velozmente lo que quería decirle.

Al no estar mirando en mi dirección tuve que ingeniármelas. Así que cogí la linterna, que guardaba en una de las cajas, y apunté a su ventana. Alumbrándolo varias veces hasta que se dio cuenta de que era yo. Me miró sonriente y con curiosidad. Yo levanté el papel en alto para que lo viera bien. Había escrito "¡Gracias!" en grande con un rotulador negro. David me guiñó el ojo a su modo tan particular y vi como se levantaba para escribir también algo en otro papel. Lo volvió hacía a mí.- De nada peque- Leí y noté como me sonrojaba un poco. 

¿Lo de pequeña sería algún mote cariñoso o es que acaso para él era una niña? Reflexioné un poco desilusionada por la segunda posibilidad. Después ambos levantamos la mano, dándonos las buenas noches en silencio. 

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