Capítulo 1: Parte 4






Bajé las escaleras algo torpe, con el corazón a mil por hora y la cara roja de la vergüenza  por culpa de ese indeseable. Me moría por decirle a mi tía que teníamos a un loco como vecino.-Estupendo tengo a un idiota enfrente…-Empecé a mascullar maldiciéndole de todas las formas posibles.

Cuando salí de la casa sulfurada, e intentando olvidar lo que había visto, me percaté de que Rebeca estaba hablando con una mujer. Esta traía consigo un perro pequeño de rizos blancos que tiraba malhumorado de la correa. Debe ser una vecina, pensé. Conforme me iba acercando a ellas, observé como la mujer posaba su mano en la muñeca de mi tía y le daba un pequeño apretón. Rebeca se sorprendió por un instante y luego asintió. Carraspeé para captar su atención y ambas me miraron.

-¿Es ella?- Su voz había sido apenas un murmullo pero logré oírla –Sí, ella es Emily mi sobrina- Contestó mi tía una vez estuve a su lado. Dejando su mano sobre mi hombro durante un breve instante. Noté algo extraño en sus palabras. Como si mi nombre implicara algo más entre líneas. Pero deseché rápidamente aquella sensación tonta.- Emily, esta es Sonia. Es la agente inmobiliaria que nos vendió la casa. Y además también vive aquí. Por la Zona Oro ¿no es fantástico?- Dijo Rebeca como si la idea realmente le emocionase. 

Ojeé a la mujer que a primera vista parecía una señora elegante y adinerada. Lo cual encajaba a la perfección en la Zona Oro. Situado en el centro del complejo urbanístico. Era donde se hallaban los chalets de lujo. - Es un placer conocerte...- Se presentó formalmente con una amable sonrisa en los labios, y un brillo en los ojos de color café llenos de emoción. Nos veía como si mi tía y yo fuésemos famosas.-...espero que te guste Villa Gaudí. Le estaba comentando a tu tía que os pasarais el viernes por la noche por mi casa. Los vecinos queremos haceros una pequeña fiesta de bienvenida, ¡con vosotras ya somos 70 familias en el vecindario!- Vociferó con entusiasmo. Mi tía, en respuesta, me dio disimuladamente un codazo para que contestara. Pero su impaciencia habló antes- ¡Por supuesto que iremos!- Soltó igual de exaltada que Sonia.

- Entonces nos vemos allí, sería sobre las diez en…-Empezó a explicarnos cuando la misma chica que había visto, en la habitación de mi “querido” vecino, se acercó a ella- Mamá ya he hablado con David dice que sí, que no os preocupéis- Me di cuenta que a pesar de ser madre e hija no se parecían en nada. Sonia llevaba su pelo de un castaño oscuro recogido en un elegante moño, y un exquisito vestido verde de lunares. Mientras que su hija había teñido su cabello de un rubio oxigenado y vestía con unos vaqueros cortos, desgastados y de cintura alta. Junto a un top rojo que dejaba poco a la imaginación de lo que había debajo de su escote.  

Sonia la miró con desaprobación por un segundo. Al parecer a ella tampoco le gustaba mucho el conjunto que había elegido su hija para ese día. Después, volviendo a recordar que estábamos con ella, le pasó el brazo disimuladamente por la espalda y la obligó a dar un paso hacia delante.

- Emily, esta es mi hija Cristina. Creo que tenéis la misma edad. Cristina esta es la sobrina de Rebeca. Ambas vivirán aquí a partir de ahora- Rebeca les brindó una radiante sonrisa. Ya podía escuchar los engranajes de su celebro maquinar miles de formas para convertirme en la amiga de Cristina. A su vez, mi cara se encendía como un semáforo al recodar de nuevo lo sucedido hace un momento.

- Encantada- Le dije intentando desviar su atención de mí y ella solo asintió con un “aja”- Bueno nosotras nos vamos. Ya iremos concretando lo del viernes más adelante- Comunicó dirigiéndose más a mi tía que a mí-… adiós Emily-La mujer se despidió alegremente de nosotras y continuó su paseo con el perro y su hija. Sin embargo me di cuenta que al decir mi nombre lo hizo con… ¿admiración?

- ¿no es fantástico? Acabamos de llegar y ya nos invitan a fiestas…- Dijo Rebeca interrumpiendo el hilo de mis pensamientos-…además tiene una hija de tu edad…- Siguió hablando fascinada mientras que entre las dos cargábamos las últimas cajas. Si había algo que le gustase más a mi tía que los fósiles era organizarme una vida social. A pesar de que la suya escaseaba.

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